¿Reaccionamos a la realidad o a lo que creemos que está pasando?

Un caballo se aleja de una persona durante una experiencia. Eso es lo que ocurrió, pero la persona puede pensar: “Me está rechazando”.

Y en cuestión de segundos algo que comenzó como un hecho —el caballo se alejó— puede convertirse en una historia mucho más grande:

Hecho: el caballo se alejó.
Interpretación: me está rechazando.
Creencia: no soy capaz.
Premisa: mi valor depende de que otros me acepten.

Lo interesante es que el caballo nunca dijo nada de eso.

Todo lo demás ocurrió dentro de nosotros.

Y aunque con los caballos puede resultar especialmente visible, hacemos esto constantemente.

No vemos solamente lo que sucede

Observamos la realidad desde quienes somos.

Nuestra historia, nuestras experiencias, nuestros valores, nuestras creencias y nuestros miedos participan, muchas veces silenciosamente, en la manera en que interpretamos lo que ocurre.

Alguien no responde nuestro mensaje y pensamos que está molesto.

Una persona hace una observación sobre nuestro trabajo y sentimos que está cuestionando nuestra capacidad.

Un colaborador propone una alternativa y podemos interpretarlo como un desafío a nuestra autoridad.

El hecho puede ser pequeño.

La historia que construimos alrededor de él puede ser enorme.

Esto no significa que nuestras interpretaciones sean siempre equivocadas. Podemos interpretar correctamente una situación. El problema aparece cuando dejamos de reconocer que estamos interpretando y tratamos nuestra interpretación como si fuera el hecho mismo.

Ahí la diferencia se vuelve importante.

En liderazgo pasa lo mismo, solo que con menos silencio y más consecuencias

Imaginemos una reunión.

Hecho: alguien del equipo cuestiona una decisión.

A partir de allí podría comenzar una cadena:

Interpretación: “Está desafiando mi autoridad.”
Creencia: “Si permito esto, pierdo liderazgo.”
Premisa: “Un buen líder debe tener el control.”

¿Qué sucede después?

Quizá el líder se pone a la defensiva. Interrumpe. Justifica demasiado su decisión. Cierra la conversación o simplemente deja de escuchar.

Desde su perspectiva, puede sentir que está respondiendo racionalmente a una situación.

Pero quizá no está respondiendo solamente al cuestionamiento de su colaborador.

También está respondiendo desde una premisa que ni siquiera sabía que tenía.

Y aquí es donde el autoconocimiento deja de ser un concepto abstracto y comienza a tener consecuencias muy concretas.

Conocerse no es solamente saber quién soy

Cuando hablamos de autoconocimiento solemos pensar en preguntas como:

¿Cuáles son mis fortalezas?
¿Cuáles son mis debilidades?
¿Qué me gusta?
¿Qué tipo de personalidad tengo?

Todo eso puede aportar información valiosa.

Pero conocerse también implica algo más incómodo y, quizá, más profundo:

observar qué ocurre dentro de mí mientras interpreto la realidad.

¿Qué situaciones me hacen reaccionar?

¿Qué estoy intentando proteger?

¿Qué considero una amenaza?

¿Qué necesito controlar?

¿Qué doy por cierto sin haberlo cuestionado?

¿Qué valores están siendo retados cuando aparece una emoción intensa?

Las emociones, desde esta perspectiva, no son un obstáculo que tenemos que eliminar para poder pensar racionalmente. Pueden convertirse en información.

Nos señalan que algo está ocurriendo dentro de nosotros.

Después viene el trabajo importante: descubrir qué.

Entre lo que ocurre y lo que hacemos

No podemos vivir cuestionando cada pensamiento ni analizando interminablemente cada reacción.

Tampoco se trata de desconfiar de nuestra percepción.

Se trata de desarrollar la capacidad de detenernos, especialmente cuando algo nos mueve con intensidad, y distinguir:

¿Qué sé que ocurrió?

¿Qué estoy interpretando?

¿Qué creo que significa?

¿Qué premisa puede estar detrás de esa interpretación?

Esa pequeña separación puede cambiar nuestra siguiente acción.

Porque quizá descubramos que necesitamos poner un límite.

Quizá confirmemos que nuestra interpretación era correcta.

Quizá necesitemos hacer una pregunta antes de sacar una conclusión.

O quizá descubramos que una parte importante de aquello contra lo que estábamos reaccionando nunca estuvo realmente afuera.

Estaba dentro de nosotros.

Por eso, antes de preguntarnos “¿qué voy a hacer?”, quizá valga la pena detenernos un instante y preguntarnos:

¿Qué está pasando realmente… y qué estoy poniendo yo en lo que veo?

Para mí, ahí comienza el verdadero ejercicio de conocerse a uno mismo.

Y también, quizá, una manera más consciente de elegir cómo queremos actuar.

Siguiente
Siguiente

EL ARTE DE ESCULPIR la vida